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20161118-irapuato02
18 de noviembre de 2016
IRAPUATO
 
CORRIDA DE TOROS 6 TOROS de
MIMIAHUAPAM
El Zotoluco
MIGUEL ÁNGEL PERERA
El Payo
  
PERERA INDULTA AL TORO "MAESTRO LALO"
 
Noche mágica en Irapuato. De las que llenan de verdad y se recuerdan para siempre. De las que justifican que una plaza de toros prácticamente se llene y que la gente haga el esfuerzo de ir por más que le cueste porque las circunstancias económicas del momento no ayudan. Pero la gente siempre fue a los toros en busca de lo diferente. De la fantasía. De esas emociones que le son únicas y que le iluminan la vida. Por eso las miles de personas que abarrotaron los tendidos de La Revolución volverían de nuevo ahora mismo si otra vez hubiera toros. Y más aún, si toreara Perera. Porque lo de Miguel Ángel en Irapuato fue un despliegue mayúsculo de todos esos sustantivos con que calificamos y definimos su concepto. Sustantivos que van pidiendo ya nuevas páginas en el diccionario de la medida de las cosas. Miguel Ángel Perera estuvo sencillamente inmenso en Irapuato. Desmayado a la vez que arrebatado. Lúcido al tiempo que pasional. Perfecto. Pleno. Mágico.
 
Todo confluyó en el quinto toro de la noche, de nombre Maestro Lalo-272, marcado con el hierro de Mimiahuapam. Nombrado así, como la corrida completa, en homenaje al maestro Eulalio López El Zotoluco en la noche de su despedida de este lugar, como lo está haciendo de tantos lugares en el año de su adiós a los ruedos. Y Maestro Lalo hizo honor a su nombre y fue bravo de verdad. Encastado. Incansable tras la muleta de Miguel Ángel Perera. Repetidor. Se volvía tras cada pase y ya tenía la cara colocada en busca del siguiente. Con clase, pues. Y con entrega. Buscando por abajo los flecos de la franela del torero que peinaban cada vez más la arena de ruedo de lo bajo que volaban. Noble también. Y pronto. Un gran toro, sin duda. Begoño ya para siempre. Y Perera... ¡Ay, Perera! Cumbre es la palabra, la mejor definición. Clarividente siempre, templado a más, capaz como de costumbre y torero que torea para sí como en las grandes ocasiones. Hoy lo fue. Vio enseguida al toro y, como suele hacer, lo mandó cuidar. Con un celo especial esta vez: aquello saltaba a la vista, hacía presagiar lo que vino luego. Miguel Ángel brindó al pueblo, se fue a los medios, se imantó a la raíz de la tierra, citó derecho como un palo, el mentón hundido, enganchó apenas con la yema de los dedos, se lo pasó muy quieto y muy cerca y lo remató humillado y en largo buscando prolongar el viaje ya de por sí de serie que el toro de Bailleres traía en su sangre. A partir de ahí, fue surgiendo la sinfonía. Si, surgiendo... Porque Perera lo improvisó todo. Cada muletazo fue diferente al anterior y distinto al siguiente. Por los dos pitones. Con la máxima, eso sí, de la despaciosidad y de la largura en aumento. Y siempre respondía el toro. Le sobró toda la plaza a Miguel Angel menos los cinco metros cuadrados donde lo compuso todo. Imposible tanta reunión en el toreo fundamental y en el adorno cuando fue necesario. Porque, fruto de esa magia feliz que brotaba, el torero de Puebla del Prior fue impregnando su obra de detalles torerísimos y hermosos, acompasados siempre y siempre toreando. Estaba gozando Miguel Ángel Perera y se le notaba, él, a quien se le nota todo tanto... Irradiaba plenitud la mirada con que salía de cada tanda. Le palpitaban los ojos y se le iluminaba la sonrisa al sentirse tan lleno y tan vacío a un tiempo. Es la plenitud de quien se vacío para volverse a llenar de aquello que le llena como ninguna otra cosa en el mundo. Terminó el pacense envolviéndose al toro por entero. Por detrás y por delante. Sin mover más que las muñecas, olvidado de todo lo demás, al tiempo que la plaza, emocionada y apasionada, comenzó a pedir lo inevitable: el indulto de Maestro Lalo. La petición fue creciendo al tiempo que Miguel Ángel seguía toreando sabedor de que en él estaba la clave de que ese toro volviera a donde debía, a su reino de bravura y de gloria. El propio torero preguntaba con gestos al palco qué hacía ante la insistencia de la gente cada vez que hacía ademán de montar la espada. Al final se impusieron la lógica y la pasión, ésas que son consustanciales a la Tauromaquia y a su magia, a lo que la hace diferente, a lo que motiva que la gente salga a su encuentro. Asomó el pañuelo naranja en forma de llave de la libertad y Maestro Lalo regresó a su gloria, a la par que Miguel Ángel Perera saboreaba íntimamente la suya propia al saber el lío monumental que había formado y la felicidad con que el público le agradecía lo hecho. Recogió el torero sus dos orejas y rabo simbólicos y se fundió en un abrazo con el ganadero Juan Pablo Bailleres. Era lo justo. La justicia y la grandeza de esta fiesta que es el toreo donde el animal y el hombre se reparten por igual la gloria cuando ésta es culpa de los dos.
 
Arrancó antes Miguel Ángel Perera la oreja de su primer oponente de la noche tras una faena que tuvo la complejidad fundamental de cuánto molestó el viento, que sopló frío e insistente y eso puso en peligro lo compacto del conjunto esculpido por el torero. Lo puso en peligro, pero nunca lo derribó porque más pudo la férrea decisión de Miguel Ángel, que se impuso en todo momento a los elementos y a lo que le costó al toro romper hacia delante. Pero lo hizo en aras al poder de la muleta del pacense, que ya antes con el capote no dudó en torear despacio desafiando al propio viento. Lo hizo también ya luego con la franela. Faena de mucha disposición, entrega y capacidad técnica de Perera, basada en el pitón derecho, el lado bueno de su oponente, por donde trazó series en redondo de importancia con muletazos especialmente bellos por lo desmayados que surgieron. Se metió mucho la gente en la obra de Miguel Ángel, que tuvo también la clarividencia de alternar el toreo fundamental con pasajes de adornos, vistosos y variados, que el siempre apasionado público azteca agradeció enormemente. Se ajustó mucho en la tanda final por manoletinas, ejecutadas ya desde el propio cite en la distancia corta. Cobró Miguel Ángel un espadazo entero y suficiente que le valió para sumar su primer premio. Aunque el premio gordo fue de verdad el que vino después...
 
 
Plaza de Toros LA REVOLUCIÓN de IRAPUATO. Casi lleno. Se lidian toros de MIMIAHUAPAM. Se indultó al quinto, de nombre Maestro Lalo, con el número 272. 
 
El Zotoluco: ovación y oreja
Miguel Ángel Perera:  oreja y dos orejas y rabo simbólicos
El Payo: ovación y aplausos
 
 
 
20161118-irapuato003.jpg 20161118-irapuato004.jpg 20161118-irapuato005.jpg 20161118-irapuato006.jpg 20161118-irapuato010.jpg 20161118-irapuato011.jpg 20161118-irapuato012.jpg 20161118-irapuato013.jpg 20161118-irapuato014.jpg 20161118-irapuato015.jpg 20161118-irapuato020.jpg 20161118-irapuato030.jpg 20161118-irapuato040.jpg 20161118-irapuato050.jpg 20161118-irapuato060.jpg
 
Fotos BÁRBARA MENA - ETMSA
 
 


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18 de noviembre de 2016
IRAPUATO
 
CORRIDA DE TOROS 6 TOROS de
MIMIAHUAPAM
El Zotoluco
MIGUEL ÁNGEL PERERA
El Payo
  
PERERA INDULTA AL TORO "MAESTRO LALO"
 
Noche mágica en Irapuato. De las que llenan de verdad y se recuerdan para siempre. De las que justifican que una plaza de toros prácticamente se llene y que la gente haga el esfuerzo de ir por más que le cueste porque las circunstancias económicas del momento no ayudan. Pero la gente siempre fue a los toros en busca de lo diferente. De la fantasía. De esas emociones que le son únicas y que le iluminan la vida. Por eso las miles de personas que abarrotaron los tendidos de La Revolución volverían de nuevo ahora mismo si otra vez hubiera toros. Y más aún, si toreara Perera. Porque lo de Miguel Ángel en Irapuato fue un despliegue mayúsculo de todos esos sustantivos con que calificamos y definimos su concepto. Sustantivos que van pidiendo ya nuevas páginas en el diccionario de la medida de las cosas. Miguel Ángel Perera estuvo sencillamente inmenso en Irapuato. Desmayado a la vez que arrebatado. Lúcido al tiempo que pasional. Perfecto. Pleno. Mágico.
 
Todo confluyó en el quinto toro de la noche, de nombre Maestro Lalo-272, marcado con el hierro de Mimiahuapam. Nombrado así, como la corrida completa, en homenaje al maestro Eulalio López El Zotoluco en la noche de su despedida de este lugar, como lo está haciendo de tantos lugares en el año de su adiós a los ruedos. Y Maestro Lalo hizo honor a su nombre y fue bravo de verdad. Encastado. Incansable tras la muleta de Miguel Ángel Perera. Repetidor. Se volvía tras cada pase y ya tenía la cara colocada en busca del siguiente. Con clase, pues. Y con entrega. Buscando por abajo los flecos de la franela del torero que peinaban cada vez más la arena de ruedo de lo bajo que volaban. Noble también. Y pronto. Un gran toro, sin duda. Begoño ya para siempre. Y Perera... ¡Ay, Perera! Cumbre es la palabra, la mejor definición. Clarividente siempre, templado a más, capaz como de costumbre y torero que torea para sí como en las grandes ocasiones. Hoy lo fue. Vio enseguida al toro y, como suele hacer, lo mandó cuidar. Con un celo especial esta vez: aquello saltaba a la vista, hacía presagiar lo que vino luego. Miguel Ángel brindó al pueblo, se fue a los medios, se imantó a la raíz de la tierra, citó derecho como un palo, el mentón hundido, enganchó apenas con la yema de los dedos, se lo pasó muy quieto y muy cerca y lo remató humillado y en largo buscando prolongar el viaje ya de por sí de serie que el toro de Bailleres traía en su sangre. A partir de ahí, fue surgiendo la sinfonía. Si, surgiendo... Porque Perera lo improvisó todo. Cada muletazo fue diferente al anterior y distinto al siguiente. Por los dos pitones. Con la máxima, eso sí, de la despaciosidad y de la largura en aumento. Y siempre respondía el toro. Le sobró toda la plaza a Miguel Angel menos los cinco metros cuadrados donde lo compuso todo. Imposible tanta reunión en el toreo fundamental y en el adorno cuando fue necesario. Porque, fruto de esa magia feliz que brotaba, el torero de Puebla del Prior fue impregnando su obra de detalles torerísimos y hermosos, acompasados siempre y siempre toreando. Estaba gozando Miguel Ángel Perera y se le notaba, él, a quien se le nota todo tanto... Irradiaba plenitud la mirada con que salía de cada tanda. Le palpitaban los ojos y se le iluminaba la sonrisa al sentirse tan lleno y tan vacío a un tiempo. Es la plenitud de quien se vacío para volverse a llenar de aquello que le llena como ninguna otra cosa en el mundo. Terminó el pacense envolviéndose al toro por entero. Por detrás y por delante. Sin mover más que las muñecas, olvidado de todo lo demás, al tiempo que la plaza, emocionada y apasionada, comenzó a pedir lo inevitable: el indulto de Maestro Lalo. La petición fue creciendo al tiempo que Miguel Ángel seguía toreando sabedor de que en él estaba la clave de que ese toro volviera a donde debía, a su reino de bravura y de gloria. El propio torero preguntaba con gestos al palco qué hacía ante la insistencia de la gente cada vez que hacía ademán de montar la espada. Al final se impusieron la lógica y la pasión, ésas que son consustanciales a la Tauromaquia y a su magia, a lo que la hace diferente, a lo que motiva que la gente salga a su encuentro. Asomó el pañuelo naranja en forma de llave de la libertad y Maestro Lalo regresó a su gloria, a la par que Miguel Ángel Perera saboreaba íntimamente la suya propia al saber el lío monumental que había formado y la felicidad con que el público le agradecía lo hecho. Recogió el torero sus dos orejas y rabo simbólicos y se fundió en un abrazo con el ganadero Juan Pablo Bailleres. Era lo justo. La justicia y la grandeza de esta fiesta que es el toreo donde el animal y el hombre se reparten por igual la gloria cuando ésta es culpa de los dos.
 
Arrancó antes Miguel Ángel Perera la oreja de su primer oponente de la noche tras una faena que tuvo la complejidad fundamental de cuánto molestó el viento, que sopló frío e insistente y eso puso en peligro lo compacto del conjunto esculpido por el torero. Lo puso en peligro, pero nunca lo derribó porque más pudo la férrea decisión de Miguel Ángel, que se impuso en todo momento a los elementos y a lo que le costó al toro romper hacia delante. Pero lo hizo en aras al poder de la muleta del pacense, que ya antes con el capote no dudó en torear despacio desafiando al propio viento. Lo hizo también ya luego con la franela. Faena de mucha disposición, entrega y capacidad técnica de Perera, basada en el pitón derecho, el lado bueno de su oponente, por donde trazó series en redondo de importancia con muletazos especialmente bellos por lo desmayados que surgieron. Se metió mucho la gente en la obra de Miguel Ángel, que tuvo también la clarividencia de alternar el toreo fundamental con pasajes de adornos, vistosos y variados, que el siempre apasionado público azteca agradeció enormemente. Se ajustó mucho en la tanda final por manoletinas, ejecutadas ya desde el propio cite en la distancia corta. Cobró Miguel Ángel un espadazo entero y suficiente que le valió para sumar su primer premio. Aunque el premio gordo fue de verdad el que vino después...
 
 
Plaza de Toros LA REVOLUCIÓN de IRAPUATO. Casi lleno. Se lidian toros de MIMIAHUAPAM. Se indultó al quinto, de nombre Maestro Lalo, con el número 272. 
 
El Zotoluco: ovación y oreja
Miguel Ángel Perera:  oreja y dos orejas y rabo simbólicos
El Payo: ovación y aplausos
 
 
 
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Fotos BÁRBARA MENA - ETMSA
 
 
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